Hijos del dolor.

Somos hijos del dolor.

De un atardecer sangrante y de un grito desgarrador.

Hijos del desamparo y la soledad.

Y nos hemos olvidado. Nos hemos olvidado tanto que ya los pobres y adoloridos del cuerpo y del alma no tienen espacio entre nosotros.

Hemos construido Torres de Babel a las que llamamos templos y solo pensamos en lo grandes y fuertes que somos.

Nos hemos olvidado del dolor. De aquel que llora. Del que con pena sin nombre pasa frío en esquinas invisibles.

Somos hijos del espanto.

De la negación.

De un gallo que tres veces cantó.

Del vinagre.

Del abandono.

Y de alguna manera nos hemos inventado un cuento que vendemos cual mercaderes en busca de dinero. Nos hemos creado una fantasía en la cual no cabe la realidad. Estamos más aferrados a esta tierra que una raíz milenaria.

La Esperanza nació del dolor. Del mas negro y punzante dolor. La Vida con dolor nos trajo Vida.

Dejemos los atajos inútiles y démosle paso al Consuelo para que habite entre nosotros.

Somos hijos de aquel día.

Somos hijos del dolor.

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Donde el sol se pone.

 

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Al atardecer iré
con mi cántaro azul al río,
para recoger la última
sombra del paisaje mío.

Dulce Maria Loynaz.

El sol que se va, triste sol que parte solo con esos colores ardientes.

Siempre estaré aquí, donde se pone el sol.

El atardecer hace tiempo me hizo suya.

Prisionera de la melancolía y la poesia que nadie escribe a esta hora.

Yo volaré algún dia donde el horizonte no duela.

Yo llegaré más allá del atardecer.

Donde la calma de lo infinito me hará dormir.

Siempre, siempre.

La luz del sol me abraza cuando se va.

Y se lleva un poco de mis fuerzas.

Y me deja una de esas tristezas.

Tristeza pura y sin adornos.

Más alla de todo lo escondido.

Donde el llanto es como el rocio de la mañana.

Donde alguien me abraze en silencio.

Siempre, siempre.

Al atardecer la vida se me encoge.

Y yo busco y busco como estar bien.

Los rincones sin luz y las memorias sombrías me persiguen.

No tengo donde esconderme.

No me dejes Dios mio.

Soy como una hoja seca flotando en el lago.

Siempre, siempre.

Donde el sol se pone.

La espada silenciosa.

“La muerte es una vida vivida.

La vida es una muerte que viene.”

Jorge Luis Borges.

 

Es la noche la espada silenciosa

que hiere lentamente el alma.

Las horas sin luz, las horas sin tiempo.

La madrugada que no habla,

que muda se queda mirando

los espacios que cuelgan en mis pupilas.

 

Es la hora del olvidado.

 

Quisiera sacar todo esto que aprieta mi pecho,

a puño limpio golpear el aire triste

que respiro

que se cuela en mis pulmones

en mis venas

en la entraña más profunda de mi mente.

 

¿Adónde se van mis suplicas?

Todas estas diminutas oraciones

que me salen en monosílabos debiles.

 

Es la hora de quien está solo.

 

Estos sueños que me empujan,

poco a poco me hunden

en una espiral sin fondo.

Tengo miedo de todo.

Y a la vez no tengo miedo

alguno de que todo acabe.

 

Es la noche la espada silenciosa.

 

La espada silenciosa.