Romerillo.

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Eres mi flor favorita.

Aunque la mayoría ni siquiera piense que eres una flor.

Hierba de monte, amasijo de petalitos blancos en los matorrales.

Pero para mi eres flor.

Eres belleza pequeñita, justo del tamaño de mis manos.

Como mis oraciones, sin jardín, sin jarrones.

Con el alma al aire llena de sol y de luna.

Eres mi niñez encantada en aquellos años

Cuando mi mundo era mágico

Aquellos años que fueron tan pocos pero tan mucho.

Yo te amé romerillo.

Desde que te vi en medio del campo verde.

Y escuché a Dios cantando en tonada guajira.

Simple flor que te desparramas por todos lados,

que con fuerza naces y renaces en los rincones destruidos.

Romerillo yo te amé y no sabía tu nombre.

Pero mi alma te reconoció….y tu me abrazaste.

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El banco.

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“Me estoy acostumbrando a las bienvenidas y los adioses, como si cualquier separación no fuera jamás ausencia, y las llegadas ocurrieran sin apegos. Ya no hay llanto en los ojos de los pies que sonríen al camino, ni raíces que se aferran a la tierra”. Giselle Lopez.

Hoy me he quedado sentada en el banco, mirando las hojas caer.

La vida en hojas otoñales se dispersa por el suelo.

Y yo en mi banco escondido, en ese rincón de mi alma donde me suelo perder.

Yo apenas. Yo sin fuerzas. Respirando lejanías y canciones del ayer.

Si pasaras no me reconocerías. Si pasaras ni te llamaría. Tomaría una foto de tu silueta distante, de tu alegría inocente, de tus abriles danzantes.

Y no se porque te espero, si tu, la de antes, ya no vienes por aquí.

Sin embargo hay días como este. Como tantos.

Donde me siento a pensarte. A extrañarte.

Porque te echo de menos, a ti, la de antes.

Y no me averguenza, no siento culpa.

Solo que ahora, el otoño duele bastante.