Do…Re…Mi.


Do: primera nota, primer recuerdo, primeros ojos abiertos en la madrugada.

Re: corro un poquito, el campo es tierno, hay tanta luz y color en mis respiros.

Mi: leo si parar, el mundo es grande, y se de memoria la pizarra vacía de los viernes.

Fa: no me gusta este mundo apretado, no me gusta ver a mamá llorando, no me gustan los miedos.

Sol: me encontrado huyendo, y sintiendo sin sentir, cobijada en la noches de secretos con el techo.

La: soy pobre, ya lo aprendí, pero no necesito mucho para pasear por la vieja terminal de trenes.

Si: hay cosas que nunca tendré, estaciones que se pasan, y aprendo a orar mientras descubro mi canto.

Vida de notas desafinadas. Cada espacio en el pentagrama guarda miles de abrazos.

Sigo entonando rimas,  con un nudo en la garganta.

Sigo esperando con esta pieza en las manos.

Maestro, si acaso la orquesta quisiera tocarla, si acaso suben las notas bailando con el ocaso.

Yo agradecida le aplaudo. 

Do Re Mi….mi vida la están tocando.

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El banco.

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“Me estoy acostumbrando a las bienvenidas y los adioses, como si cualquier separación no fuera jamás ausencia, y las llegadas ocurrieran sin apegos. Ya no hay llanto en los ojos de los pies que sonríen al camino, ni raíces que se aferran a la tierra”. Giselle Lopez.

Hoy me he quedado sentada en el banco, mirando las hojas caer.

La vida en hojas otoñales se dispersa por el suelo.

Y yo en mi banco escondido, en ese rincón de mi alma donde me suelo perder.

Yo apenas. Yo sin fuerzas. Respirando lejanías y canciones del ayer.

Si pasaras no me reconocerías. Si pasaras ni te llamaría. Tomaría una foto de tu silueta distante, de tu alegría inocente, de tus abriles danzantes.

Y no se porque te espero, si tu, la de antes, ya no vienes por aquí.

Sin embargo hay días como este. Como tantos.

Donde me siento a pensarte. A extrañarte.

Porque te echo de menos, a ti, la de antes.

Y no me averguenza, no siento culpa.

Solo que ahora, el otoño duele bastante.

Donde el sol se pone.

 

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Al atardecer iré
con mi cántaro azul al río,
para recoger la última
sombra del paisaje mío.

Dulce Maria Loynaz.

El sol que se va, triste sol que parte solo con esos colores ardientes.

Siempre estaré aquí, donde se pone el sol.

El atardecer hace tiempo me hizo suya.

Prisionera de la melancolía y la poesia que nadie escribe a esta hora.

Yo volaré algún dia donde el horizonte no duela.

Yo llegaré más allá del atardecer.

Donde la calma de lo infinito me hará dormir.

Siempre, siempre.

La luz del sol me abraza cuando se va.

Y se lleva un poco de mis fuerzas.

Y me deja una de esas tristezas.

Tristeza pura y sin adornos.

Más alla de todo lo escondido.

Donde el llanto es como el rocio de la mañana.

Donde alguien me abraze en silencio.

Siempre, siempre.

Al atardecer la vida se me encoge.

Y yo busco y busco como estar bien.

Los rincones sin luz y las memorias sombrías me persiguen.

No tengo donde esconderme.

No me dejes Dios mio.

Soy como una hoja seca flotando en el lago.

Siempre, siempre.

Donde el sol se pone.