El banco.

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“Me estoy acostumbrando a las bienvenidas y los adioses, como si cualquier separación no fuera jamás ausencia, y las llegadas ocurrieran sin apegos. Ya no hay llanto en los ojos de los pies que sonríen al camino, ni raíces que se aferran a la tierra”. Giselle Lopez.

Hoy me he quedado sentada en el banco, mirando las hojas caer.

La vida en hojas otoñales se dispersa por el suelo.

Y yo en mi banco escondido, en ese rincón de mi alma donde me suelo perder.

Yo apenas. Yo sin fuerzas. Respirando lejanías y canciones del ayer.

Si pasaras no me reconocerías. Si pasaras ni te llamaría. Tomaría una foto de tu silueta distante, de tu alegría inocente, de tus abriles danzantes.

Y no se porque te espero, si tu, la de antes, ya no vienes por aquí.

Sin embargo hay días como este. Como tantos.

Donde me siento a pensarte. A extrañarte.

Porque te echo de menos, a ti, la de antes.

Y no me averguenza, no siento culpa.

Solo que ahora, el otoño duele bastante.

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Como yo a ti.

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Como yo a ti.

En mi orilla
Justo a mi lado
Tan cerca que te siento tanto
Me pregunto si me sientes como yo a ti.

Sigo mirando las olas que me salpican
Risueñas desde hace un milenio
Y el sol es tan suave
Suave atardecer con tu aroma
Sin dolor
Hace un milenio
Y me pregunto si me sientes como yo a ti.

Estoy un poco perdida
De repente soy alguien vivo
Que se trata de entender
Soy muchas canciones
Y sigo teniendo temores
Pero de repente soy alguien vivo.

Y estoy descalza con
Los pies llenos de arena
Y tu aquí a mi lado
Mirándome con ese amorcito enorme
Sujetando mis manos pequeñas
Y tus ojos que han visto todo lo mío
Ay, me pregunto si me sientes como yo a ti.

Irme a casa.

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Recibe este rostro mío, mudo, mendigo.

Recibe este amor que te pido.

Recibe lo que hay en mí que eres tú.

Alejadra Pizarnik.

Después de navegar por las cavernas de mis ojos. Buscando un espacio sin escombros. Después de correr sin ganas hacia el final de mi alma. Donde hay fantasmas. Cartas olvidadas. Todos los gritos de aquella noche nefasta. No he encontrado nada. Nada que me sujete. Nada que aguante mis alas. Desde el fondo de este abismo sigo sangrando descalza.

Y mi oración. Y mi ruego. Tu sabes bien lo que pasa. Ay Dios. Yo quiero irme a casa.