Donde el sol se pone.

 

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Al atardecer iré
con mi cántaro azul al río,
para recoger la última
sombra del paisaje mío.

Dulce Maria Loynaz.

El sol que se va, triste sol que parte solo con esos colores ardientes.

Siempre estaré aquí, donde se pone el sol.

El atardecer hace tiempo me hizo suya.

Prisionera de la melancolía y la poesia que nadie escribe a esta hora.

Yo volaré algún dia donde el horizonte no duela.

Yo llegaré más allá del atardecer.

Donde la calma de lo infinito me hará dormir.

Siempre, siempre.

La luz del sol me abraza cuando se va.

Y se lleva un poco de mis fuerzas.

Y me deja una de esas tristezas.

Tristeza pura y sin adornos.

Más alla de todo lo escondido.

Donde el llanto es como el rocio de la mañana.

Donde alguien me abraze en silencio.

Siempre, siempre.

Al atardecer la vida se me encoge.

Y yo busco y busco como estar bien.

Los rincones sin luz y las memorias sombrías me persiguen.

No tengo donde esconderme.

No me dejes Dios mio.

Soy como una hoja seca flotando en el lago.

Siempre, siempre.

Donde el sol se pone.

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La mano que no me deja.

Esta noche es de esas noches tempranas, con el dolorcito agudo de saberme yo, de no saber que hacer con la soledad que me viene arañando la piel.

Las paredes son de hielo, los minutos son sordos a mis súplicas que pasen rápido.

Colgando sobre el abismo de mis pensamientos, solo me sujeta esa mano que no me deja.

Todo es gris, todo es triste.

Mi café con leche me mira desconsolado.

Y luego están los demás.

Que suponen, presumen y hasta concluyen lo que pasa en mis adentros.

Y yo no puedo contra el estigma, no puedo contra las ideas y muros que me aislan cada vez mas.

Sola en mis oraciones desordenadas, en mis lamentos y preguntas, en todos los intentos desgarrantes que nadie parece ver.

Solo me sujeta esa mano que no me deja.

Ahora el otoño me arropa cada mañana.

Las hojas caídas son sus canciones meláncolicas reposan por todos lados.

Hay dias que no sale el sol.

Hay dias que parecen noches.

Y poco a poco en mi ojos se va reflejando la suma de lo que no digo.

Pero son pocos los que  pueden  mirarte a los ojos por mucho tiempo y no salir huyendo.

La vida atardece una y otra vez con puestas de sol que me estremecen.

Un poquito de esperanza que aprieto con mis dos manos me empuja a seguir despertando.

Y aquí sigo, no se como, pero aun me miro al espejo y trato de pelear con mi reflejo.

Sigo.

Solo me sujeta esa mano que no me deja.