El banco.

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“Me estoy acostumbrando a las bienvenidas y los adioses, como si cualquier separación no fuera jamás ausencia, y las llegadas ocurrieran sin apegos. Ya no hay llanto en los ojos de los pies que sonríen al camino, ni raíces que se aferran a la tierra”. Giselle Lopez.

Hoy me he quedado sentada en el banco, mirando las hojas caer.

La vida en hojas otoñales se dispersa por el suelo.

Y yo en mi banco escondido, en ese rincón de mi alma donde me suelo perder.

Yo apenas. Yo sin fuerzas. Respirando lejanías y canciones del ayer.

Si pasaras no me reconocerías. Si pasaras ni te llamaría. Tomaría una foto de tu silueta distante, de tu alegría inocente, de tus abriles danzantes.

Y no se porque te espero, si tu, la de antes, ya no vienes por aquí.

Sin embargo hay días como este. Como tantos.

Donde me siento a pensarte. A extrañarte.

Porque te echo de menos, a ti, la de antes.

Y no me averguenza, no siento culpa.

Solo que ahora, el otoño duele bastante.

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Irme a casa.

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Recibe este rostro mío, mudo, mendigo.

Recibe este amor que te pido.

Recibe lo que hay en mí que eres tú.

Alejadra Pizarnik.

Después de navegar por las cavernas de mis ojos. Buscando un espacio sin escombros. Después de correr sin ganas hacia el final de mi alma. Donde hay fantasmas. Cartas olvidadas. Todos los gritos de aquella noche nefasta. No he encontrado nada. Nada que me sujete. Nada que aguante mis alas. Desde el fondo de este abismo sigo sangrando descalza.

Y mi oración. Y mi ruego. Tu sabes bien lo que pasa. Ay Dios. Yo quiero irme a casa.