Lágrimas. (2007)

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(Escrito en el 2007)

Cada ser humano en su interior tiene un mar. 

Un mar que puede estar en la más profunda calma, que puede reposar sereno y en paz, embelleciendo el paisaje que lo rodea. También puede ser un mar furioso, negro y traicionero, lleno de tormentas y olas gigantescas que ahogan y hunden sin compasión. Un mar en cuyo fondo pueden descubrirse los tesoros mas impensables y las bellezas poco comunes que nacen de la soledad y el silencio. Donde yacen enterrados barcos y veleros, restos olvidados de historias y sueños náufragos de batallas perdidas. Mar que amanece y anochece con canciones desconocidas, que puede pintar romances de luna y estrellas en las noches de tristeza. Mar interior, a cuya orilla llegan todos. Algunos se sientan y contemplan de lejos, otros nadan y disfrutan pero sin adentrarse mucho, unos pocos navegan confiados mar adentro, amigos conocedores de la marea. Pero solo un corazón es capaz de sumergirse completamente en cada mar, de conocer sus profundidades y hacerse cómplice de sus secretos, de amar cada gota azul del alma, todo mar tiene su marinero… 

Mar que empieza y termina en su creador, en la poesía infinita de la eternidad. Algunas veces, ese mar se encrespa, se revuelve presionado y cautivo de sus limitadas orillas, y es ahí cuando, sin encontrar otra salida para sacar el dolor, el mar se escapa por los ojos…y se escurre a poquitos y se escurre a raudales…el mar se va en las lágrimas, sin su azul pero llevándose un poco de sal todavía 

Finalmente, las lágrimas son esencia de nuestro propio mar, lanzadas hacia afuera por la turbulencia de las emociones.

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El banco.

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“Me estoy acostumbrando a las bienvenidas y los adioses, como si cualquier separación no fuera jamás ausencia, y las llegadas ocurrieran sin apegos. Ya no hay llanto en los ojos de los pies que sonríen al camino, ni raíces que se aferran a la tierra”. Giselle Lopez.

Hoy me he quedado sentada en el banco, mirando las hojas caer.

La vida en hojas otoñales se dispersa por el suelo.

Y yo en mi banco escondido, en ese rincón de mi alma donde me suelo perder.

Yo apenas. Yo sin fuerzas. Respirando lejanías y canciones del ayer.

Si pasaras no me reconocerías. Si pasaras ni te llamaría. Tomaría una foto de tu silueta distante, de tu alegría inocente, de tus abriles danzantes.

Y no se porque te espero, si tu, la de antes, ya no vienes por aquí.

Sin embargo hay días como este. Como tantos.

Donde me siento a pensarte. A extrañarte.

Porque te echo de menos, a ti, la de antes.

Y no me averguenza, no siento culpa.

Solo que ahora, el otoño duele bastante.