Compañía.

El camino atardece junto a mis ojos.

Poco a poco se asientan en mi pecho las palabras y los días andados.

El sol que se va escondiendo me presume su libertad.

Escucho una canción a lo lejos, mientras las sombras juegan tranquilas en mi memoria.

Cada instante, diminuto y lejano, vuelve a ser eterno de repente.

El rojo del cielo se va apagando con melancolía.

Pienso en todas esas cosas que se van con la tarde.

Y por momentos me salen alas y vuelo sobre esos mares perdidos que tanto añoro.

La brisa me despeina y vuelvo a ser la pequeña que corre sin miedo.

Y me veo acá, me descubro allá, dormida bajo un árbol, bailando bajo la lluvia.

Tantos rostros, tantos.

Y aquellas fotografías antiguas cobran vida, me abrazan mientras mis dedos se pierden en todo lo invisible que esconden.

Con un nudo en la garganta atrapo lo que va quedando de día.

Mi piel se asusta ante la noche.

Guardo las voces dulces que tanto amo, las acurruco en mis pupilas para que el silencio inevitable no sea tan denso.

La música se va diluyendo en en las paredes, los sueños quedan colgando de finas cuerdas de esperanza.

Y respiro este consuelo de oraciones inconclusas bajo la almohada.

Las horas de lucha, la fuerza que nace de esta nada, entre lo grande del cielo y lo pequeña que soy.

Y cuando llegue la mañana, mis pies irán como siempre a recorrer la ciudad, mis manos se abrirán al intento diario que es vivir.

Luego esperaré la tarde, como siempre, y los versos que se escurren de mis heridas volverán a hacerme compañía.

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